La primera vez que se calló de la mesa de té el caracol, Nino lo vio con una curiosidad extraña, no sabía que era y luego de darle muchas vueltas y ladrarle decidió moverlo con la nariz. Lo empujó tanto que le dio la vuelta y justo cuando estaba por investigar que había en el interior, su querida dueña Valeria lo levantó y lo puso de nuevo sobre la mesa.
Pasaron varias semanas antes de que Nino encontrara en su día ese caracol enorme que era el adorno central de la sala. Un día, una amiga de Valeria tomó el caracol en sus manos y lo puso en su odio, Nino al ver de nuevo el adorno sintió curiosidad y se sentó sin despegar la mirada de la amiga de su ama. Ella puso el caracol en su oído -me encanta tener un poco de playa en esta ciudad tan grande, aunque sea las olas-
Nino ponía toda su atención en el caracol en el oído, así que dando un salto se acercó a la amiga de su dueña y con una curiosidad parecida a la de un felino, puso las patas en el cuerpo de la mujer que oía el mar a través del caracol. El tamaño de Nino hizo que la chica se tambaleara y dejara de escuchar.
-Nino, tranquilo, perdón, nunca había echo algo así- La amiga no le dio importancia y dejó el caracol de nueva cuenta sobre la mesa. Nino se tranquilizó y pero observo en donde había quedado ese instrumento misterioso.
Los días siguientes el perro daba vueltas a la mesa de té, veía el caracol, lo asechaba, lo miraba, lo volvía a mirar, le ladraba y solo se despegaba de él para comer y para ir de paseo.
Uno de esos días en los que Valeria tenía reuniones en su casa y los invitados dejaban ver su alegría en el número de copas que habían tomado, alguien tropezó con la mesa y dejó el caracol a merced de Nino. Antes de que su ama se diera cuenta, el perro con la nariz arrinconó el adorno y lo escondió.
Un día cuando Valeria dejó el departamento para ir a trabajar entre semana, Nino fue a buscar el botín escondido, lo arrastró de nuevo, lo observó y le dio vueltas, justo como lo había hecho antes cuando estaba sobre la mesa. Pero en esta ocasión, lo arrastró tanto que logró voltearlo. Se detuvo un instante, analizó la situación y de pronto comenzó a olfatee en la cuenca; de pronto el perro por accidente movió su cabeza y por casualidad escuchó el susurro proveniente del interior.
Era un sonido extraño, un murmullo que nunca había conocido, le intrigaba tanto que puso de lleno la oreja en el caracol. Todo se puso oscuro, la vista de Nino se transformo en nada, los sentidos se cerraron y el oído era lo único a lo que el perro ponía atención. Sonaba completamente distinto a todo lo que había escuchado, era tan emocionante, tan seductor y tan nuevo que Nino se quedó escuchando el caracol toda la tarde. Calló en un sueño tan agradable que olvidó que estaba a la mitad de la estancia cuando Valeria llegó. La chica tomó el caracol y lo puso en su lugar.
Generalmente Nino corría a la puerta a recibir a Valeria en cuanto llegaba de trabajar, pero en esta ocasión estaba tan embelesado que olvidó por completo la llegada de su dueña. Valeria tenía tantas cosas de que preocuparse que no le dio importancia. La mudanza era inminente y pronto la residencia de ambos los llevaría lejos.
Esa noche Nino soñó con un lugar que jamás había visto, con la temperatura ideal y el sol suficiente para acostarse panza arriba. Nunca había sido tan feliz en un sueño, ni siquiera cuando persiguió al gato del vecino. En el fondo, el sonido del caracol acompañaba al can.
Las dos semanas siguientes, las carreras y el empaque de todas las cosas distrajeron al perro y a su ama, no había tiempo de recordar ese sueño tan agradable, pero nunca Nino perdió de vista en que caja se había guardado el caracol.
Sin saberlo, Nino se encontraría con ese sonido que tanto lo hacía soñar en su nuevo hogar, una pequeña casa alejada de todo en donde el sol era como lo había imaginado, en donde el aire era tibio y con la temperatura ideal y con el sol idóneo para acostarse panza arriba. El abrir de cajas y el acomodo de todas las cosas de su ama lo mantuvieron ocupado hasta que un día acostado en el el sofá, escuchó el sonido que salía del caracol, volteó para todas parte pero no pudo hallar el adorno, así que se su instinto lo llevó hasta la ventana por donde más entraba la luz. Nino se sentó y a lo lejos podía distinguir ese sonido que tanto quería. Comenzó a ladrar y no dejó de hacerlo hasta que Valeria preguntó -¿quieres salir a explorar? El perro corrió hasta donde estaba su correa y llevándola del hocico hasta su dueña la convenció para dar un paseo.
Caminaron por pocos minutos y mientras lo hacían el sonido se hacía más y más evidente. Llego a tal punto que de pronto Nino se zafó de las manos de Valeria y corrió tan fuerte que perdió la vista de su dueña. El sonido de las olas detuvo la carrera del perro quien contempló sorprendido la inmensidad del Mar.
Valeria llegó corriendo con el corazón acelerado y sin aliento. Observo a su perro con cuidado y recordó cuando Nino se quedó dormido con el caracol en la estancia -Nino, te presento el Mar, Mar, te presento a Nino. Puedes meterte si quieres- Le dijo a su mascota. El perro miró a Valeria, volteó a ver el Mar y de nuevo a su ama, tomo valor y corrió hasta entrar en las olas. Ese sueño que había tenido tiempo atrás, ese día se hizo realidad.
La actitud de Nino la sentía tan juguetona y real como la de cualquier perro vivo, ver todo desde la perspectiva del animal me hizo sentir por un momento la vida de Nino, las imagenes, las sensaciones. gracias beto, excelente cuento