Advertencia: Este no es un cuento para niños y es un punto de vista interpretable sobre la diversidad.
Los muchachos en la esquina seguían como toda las noches bebiendo y viendo el reloj, platicaban de cosas nada fuera de lo normal e intentaban, como buenos bebedores, cambiar el mundo desde la esquina de siempre.
El calor del alcohol y la tenue luz de los cigarrillos mataban el frío que se hacía más presente al correr de la oscuridad. Luego de ver el reloj, uno de los camaradas puso cara de susto, los demás se quedaron quietos y viendo su reloj al unísono cambiaron el semblante, sin decir nada todos dejaron sin excepción las botellas en el piso y caminaron en distintas direcciones. No pasó noche en la que no se vaciara la esquina justo unos minutos antes de dar la una de la mañana.
Un día un joven que caminaba por ahí vio como todos los chavos de la esquina caminaban como buscando refugio antes de que diera la primera hora de la mañana. Con el paso de los días, el joven que regresaba de trabajar veía el ritual de huída de los chicos de la esquina. Uno de esos días decidió unírseles para pasar un rato luego del trabajo, al calor de la cerveza y al humo constante de los cigarrillos.
Al principio los compañeros de parranda no confiaban en él, pero como el aspirante a arquitecto, Olvera no pasaba mucho tiempo con ellos. Así dejaron que se integrara al grupo. Las noches pasaban y justo antes de la una de la mañana, cada uno de los participantes se despedía apresuradamente de los demás para emprender el camino a casa. El joven estudiante al encontrarse solo decidía ir a su casa también.
Un día en el que el alcohol abundaba y la bohemia era mayúscula, Olverita como ahora le llamaban en el grupo, se armó de valor y preguntó a los demás por que se retiraban a sus casas tan temerosos luego de la media noche. Los demás escucharon la pregunta con cuidado, el silencio se hizo sentir entre el círculo de amigos, las miradas de sorpresa y miedo eran intercambiadas y una sola palabra no se oía para contestarle a Olverita, en su lugar, los murmullos y de pronto, una carcajada rompió el silencio incómodo poniendo como pretexto una antigua tradición en la esquina. Nunca contestaron la pregunta, la evadían o la respondían a medias.
En otra ocasión, Olverita ya con más copas al igual que sus compañeros, repitió la pregunta que días atrás había hecho, como el ambiente y la confianza eran más grande que antes, decidieron contar la historia de la muerte. La lámpara de la esquina llevaba varias noches parpadeando en señal de que se descompondría de un momento a otro. Justo cuando uno de los valientes compañeros comenzó a contar el por qué de su huida previo a la una de la madrugada, la lámpara disminuyó su intensidad dejando el ambiente macabro.
- Dicen que pasada la una de la mañana la muerte se aparece por estos lados y que sus pasos retumban entre las calles– comenzó la narración a media voz Juan el más viejo de la esquina – Aparece dicen muy cerca de tu casa caminando en unos tacones muy altos – apuntó rápidamente Teto, el más borracho de todos – Y se lleva a todos los borrachos que andan en la zona ¿verdad compadre? – continuó Luís dirigiéndose a su amigo – Sí, aún recuerdo a mi compadre Jonás, a Él se lo llevó la de negro- todos los presentes complementaban la historia de Juan y coincidían en que la larga cabellera negra y su elegante atuendo eran características inequívocas de que se trataba de un ser del más allá. Algunos creían que la misión de la de negro, como le decían, era limpiar las calles de indeseables y borrachos, pero con precisión nadie sabía el motivo del por el que se aparecía.
Juan siguió contando; decía que una vez la había visto andar por las calles que le gustaba caminar siempre por la misma acera y se perdía, si no se llevaba a nadie, en la niebla que se formaba en las vías del tren a cinco cuadras de la esquina. Mencionó también que algunos de los vecinos que llevaban mucho tiempo viviendo por la zona decían que era el alma de una mujer a la que su marido golpeaba cuando estaba borracho y por eso se llevaba a esa gente. Olverita que llevaba mucho tiempo viviendo en la misma colonia nunca había visto nada, ni había escuchado nada al respecto.
El reloj marcaban cinco minuto antes de la una de la mañana, el rostro de los bebedores cambió y tras despedirse desaparecieron, Juan advirtió a Olverita – ten cuidado porque luego andas solo en la calle y como ya eres parte del grupo de la esquina, no vaya a querer llevarte-. Olverita se encaminó un tanto asustado hacia su casa, abrió la puerta y subió a su cuarto, se quito los zapatos y recostándose en su cama meditó la historia que le habían contado. Hacía muchos años que Olverita no conciliaba el sueño con facilidad y para poder dormir salía a dar una vuelta por los alrededores del barrio, uno de sus pasatiempos favoritos, caminar de noche. El joven recordaba la historia que le habían contado y se le hizo extraño no haber sabido nada sobre la de negro. Sin darle mayor importancia se arregló para salir y caminó desde su casa hasta cerca de las vías del tren como cada noche.
Al regresar a su casa, Olverita se sobó los tobillos, seguía con la historia en la cabeza, se quitó el abrigo largo que le cubría sólo la lencería en encaje negro y las medias sujetas al liguero, se sentó frente al espejo y quitándose los tacones de charol dio un pequeño masaje a sus pies, inició la desmaquillada, se quitó la lacia peluca negra y guardando su atuendo dijo – Ivonne de vuelta al closet -